SABER ESPERAR


5 de Junio de 2009


En los aguardos, saber esperar manteniendo la calma suele dar sus frutos...
"Cuando se vacía el comedero es que viene el navajero..."

Era la primera vez y no sé quién estaba más emocionado...


Nunca antes había ido con uno de mis hijos de espera y esa temporada habíamos cogido varias fincas por la serranía de Cuenca, tras perder la subasta de Sierra Morena, de la que este era el primer día de esperas.


La finca, algo alejada de los Madriles, en la parte alta de la serranía, tenía una carretera de llegada tan preciosa como tortuosa. Pero el entusiasmo de acercarse a una nueva finca de esperas hizo pasar los kilómetros con más rapidez de lo real.


Conocimos al guarda que nos contó como era la finca, ni la habíamos visto, y nos habló de los tres puestos que pensaba que mejor estaban... Gracias a Dios, hoy en día tengo mayores oportunidades de disfrutar por mi mismo de analizar, estudiar y decidir los puestos, son maneras distintas de entender la caza. Como dice el refrán: cazas más aunque mates menos...


Conforme con las normas que nos fijamos el grupo de amigos, la terna que cazábamos ese día procedimos a sortear los puestos, esta vez ubicados en casetas cerradas de las típicas que entra una persona y media. Cuando demonios se darán cuenta que por poco más se puede instalar una caseta donde ir acompañado de un amigo o un familiar sin sufrir un suplicio... No hay cosa más bonita que compartir los buenos momentos de la vida, en este caso por mi hijo...


La caseta parecía el chalet adosado de "David el gnomo". Buena madera, bien aislada, ventanas de metacrilato, moqueta en el suelo, balda para dejar prismáticos y otros archiperres... y con unas sillas de mimbre y pino, típica de las modistillas de principios del siglo pasado... Por tanto, no era previsible pasar frío con el crío (después de toda la pasta en indumentaria que me gasté para tal menester, si bien es cierto que la amortizó durante el resto de la temporada), requisito fundamental que puso su madre para dejarle salir al campo por la noche, además con esos peligrosos jabalíes sueltos... Pero esas sillas tan bajas, junto con los ventanucos algo bajos, consiguieron que al final de la espera mis riñones simplemente pidieran el "jerez" como remate de la faena...


Nos dejo el guarda en nuestra caseta, mientras proseguía con el todo terreno a dejar a mis compañeros. Todavía era de día, claro y caluroso, típico de nuestra templada primavera española. La caseta, elevada un par de metros del terreno, se ubicaba al sopié de una ladera, frente a un cortafuegos que separaba un viejo pinar de repoblación de una zona con mayor abundancia de chaparra y encina. Curioso tiradero con un comedero de venados a mi izquierda, al más puro estilo bávaro, y un gran reguero de maíz que partía desde los mismos pies de la caseta hacia un camino que, desde la izquierda, remataba en el cortafuegos a media ladera, en un cruce que medí a 76 metros del tiradero.


Jorge, Fozzie 3, estaba a un par de meses de cumplir su primera década y esto de salir con su padre a cazar de noche durante un fin de semana entero seguramente le suponía, yo creo firmemente que por su afición actual así fue, una auténtica aventura que recordar el resto de su vida.


Vestí al crío para que cuando se escondiera Lorenzo y cayeran las temperaturas no se enfriara, luego, como pude y con el espinazo doblado dentro de la caseta de gnomo, terminé de vestirme, monte mi flamante nueva linterna de led rojos (fue el primer día que preparé mi fiel Ledwave) y, no había cargado todavía cuando, por el sopié de los pinos, a apenas veinte metros nuestros, aparecieron una pelota de media docena de muflonas acompañadas de tres crías paridas esa misma primavera...


Ver los ojos del crío cuando las vió aparecer, será de los recuerdos que me lleve a la tumba. Y que bonito como jugaban las crías, justo debajo de la caseta, corriendo entre sus postes y volviendo hacia sus madres. Aprovechando el ruido de las carreras, todavía con las ventanas de metacrilato cerradas, aproveche para terminar de cargar el rifle y con cuidado, abrir el ventanuco frontal de los cuatro que tenía.


Anduvieron las muflonas como media hora, en que empecé a notar el aire firme entrando de cara por el ventanuco, hasta que unos fuertes pasos a nuestra izquierda hicieron que se enmontaran entre los pinos. Atentos al ventanuco de nuestra izquierda, a Jorge se le abrieron todavía más los párpados al aparecer la cierva a escasos quince metro, lenta, majestuosa, enterándose, pero ya confiada... Comiendo del pesebre, disfrutamos de ella otra media hora, hasta que desviamos nuestra atención hacia el ruido de cantos rodando que se escuchaba desde las carrascas de la izquierda, algo por debajo del camino que llegaba hasta el cortadero.


Apenas una hora después de estar puestos, apareció la primera piara...

- papa, tira!!! tira!!!


Jorge enloquecía con los guarros en mitad del cortadero, parados, comiendo, a huevo, jugando y corriendo los rayones, atentas las madres...

- papa, tira!!!
- schhhh, calla.... Que te van a oir... Son hembras y rayones, no hay que tirarles Jorge. Ten paciencia


Y aparecía otra piara...
- papa, pero tira que se van a ir!!!
- que no Jorge, paciencia, a las madres con crías no se le tira...


Y entraba otra piara más...
- pero papá....
- schhhhh, calla que nos van a oir...

Teníamos más de tres decenas de guarros esparcidos por todo el cortadero, dando buena cuenta del reguero de maíz... Dándonos tiempo a fotografiarlos y grabarlos con el móvil.

Pero a mi hijo le iba a dar algo...

- tranquilo Jorge ten paciencia...








Anduvimos más de tres cuartos de hora disfrutando de los cochinos
 y el pobre Jorge se subía por las paredes de la caseta, pues no entendía que su padre no disparase con tanto guarro ahí, de día, parados, cruzados, sin olernos ni vernos...

Pero ocurrió...

Todavía a plena luz del día, las guarras tocaron arrebato y el cortadero se limpió en un periquete sin que diera la sensación de que nos hubieran visto u olido... Seguía sintiendo la firme brisa de cara.

- Jorge, atento, que ahora si podría tratarse de un guarro...

El fue el primero en verlo, apenas un par de minutos después de la estampida generalizada, con majestuosidad, dominando, como dicen los taurinos “enterándose” y conocedor de ser dueño y señor de la plaza...

Por el camino de media ladera, el que iba a dar al cortadero, hacia el cruce que se me ocurrió medir, fuerte de pecho y culo escurrido, como me gustan los cochinos, apareció el verraco. Despacito, paso a paso, confiado por la abrumadora prole que habíamos dejado que se mantuviera en el cortadero comiendo el grano. No tuve la menor duda de que sería tirable, “bulteaba”, tenía los andares clásicos y, en la distancia, se le adivinaba el morro arrugado.

Jorge no falló...

- Papá, tírale !!

Pero esta vez papá ya estaba con el rifle siguiéndole y colocando la cruceta.

A la parada del guarro para comer, bien encuadrado, apenas le di tiempo de saborear los primeros granos...

BOUM....

El animal cayó sobre su huella y Jorge dejó salir esa expresión que afortunadamente ya le he oído en otras ocasiones, en las mismas circunstancias: tooomaaaaa...

Nos dimos un abrazo, esos abrazos que saben a cariño y alegría, a éxito y liberación de nervios, a campo y a camaradería...

- Lo ves hijo, hay que saber esperar, tirar a lo que se debe y ya lo has visto, hay veces que si se vacía el comedero es por que viene el macho.

Primera lección aprendida, todavía de día, en una espera con cuarenta reses... no siempre la letra con sangre entra... a veces las lecciones se aprenden con las buenas sensaciones...

Ese día Jorge aprendió a respetar y así me lo ha demostrado el año pasado, ya esperista consumado, cuando de recogida de una espera nos contaba a mi socio y a mi como había dejado cumplir al escudero para esperar al grande, que venía detrás empujándole a la plaza...

El gran dolor se produjo cuando, a la semana siguiente, los noticiarios daban cuenta de un incendio que, provocado por la disputa de los hombres del campo, arrasó con más de seis mil hectáreas, incluidas gran parte de esa preciosa finca. Como me acordé de aquellas crías de muflón tan bonitas que vimos jugar en los albores de su vida...

La recompensa a saber esperar, la primera lección a mi hijo, y la segunda que muchas veces "cuando se vacía el comedero es que viene el navajero"

Cuando se vacía el comedero...
... es que viene el navajero